He atrapado al tiempo
en invariable
reloj de arena.
Los segundos
caen grano a grano;
como un manto
de pétreas estrellas.
Su firmamento chispeante
dispersa arenisca;
que fulgura incontenible.
Tiempo silente;
tus horas encerradas quedan;
en cárcel de cristal.
Transparente tu cama;
cilíndrica estrangulada cintura
que nunca duermes.
Vives en infinitos
planos paralelos;
confinados a un deslizado
ritmo constante.
Friday, March 19, 2010
Wednesday, March 17, 2010
¡Cuidado donde pisas!
El patio trasero de mi casa no es muy grande. La cerca encierra el norte, oriente y occidente; la parte posterior de la casa completa el sur y con él los cuatro puntos cardenales de mi terruño. Dentro del mismo y hacia uno de sus costados, hay una caseta para guardar implementos de jardinería y tres árboles: un pero, un duraznero y una kalmia. Hasta hace poco no había césped. Los intensos calores del verano pasado y las heladas del invierno del año en curso arrasaron con todo vestigio de verdor, haciendo que mi patio se viera como una representación terráquea de la superficie lunar, completa con pequeños cráteres hechos por atrevidos copetones dándose sus baños de tierra durante días que ellos consideraban favorables. Era como un balneario para huéspedes voladores emplumados que tomaban sus momentáneas vacaciones en mi terreno.
También el último mes del año pasado —y a causa de fuerzas mayores—, trajo la llegada de tres hermanitas caninas. El sentimiento inicial fue interesante, ya que habían pasado varias décadas desde que fui amo de perro alguno.
¡Las tres sopranos! pensé yo, cuando primero las ví y oí sus agudos chilleteos. A lo mejor estaban practicando para el Perropolitan de Nueva York para las audiciones de su próxima obra teatral, concepto que se me hacía difícil de visualizar dada la deplorable apariencia de aquella trinidad canina, consistiendo en una mezcla de chihuahueño con quién sabe qué. La primera de las tres parecía como el esquelético residuo de huesos de pollo envueltos en una toalla blanca de papel mojada. Las vértebras se sentían como una hilera de cuentas, a manera de camándula de limosnero, con sus costillas blandísimas y flexibles como fideo hervido. Adicionalmente, tenía una apariencia tan despelucada que más bien se asemejaba a un retazo de tapete blanco pisoteado o a gata callejera tras una noche de borrachera seria. La segunda, con jeta de Schnauzer, tenía las facciones bigotudas típicas de una espía alemana cuadrúpeda inyectada con cuantiosas cantidades de esteroides, un vestigio de la guerra fría pero con un pelaje abundante y muy cálido de apariencia. Yo sigo bajo el presentimiento de que ella hasta hoy en día aprovecha el momento de los aullidos de las otras para poder comunicarse clandestinamente con "la oficina central" de su país de orígen, mediante una red de ladridos digitales en clave que atraviesan fronteras y calles con mayor velocidad que la de un cartero perseguido por un Doberman. Por último, la tercera es de dudosa proveniencia, algo tímida y definitivamente sin papeles ni documentación alguna que la pueda identificar positivamente, con su rabo entre las piernas parte del tiempo, escudriñando constantemente sus alrededores, atenta a cualquier ruido. Así con las orejas paradas y los ojos saltones, se parece a Anubis, el dios egipcio del bajo mundo.
A medida que ellas crecían y se acercaba la primavera, comenzaba la metamórfosis de la otrora superficie lunar, con brotes nuevos de hierba tierna, permitiendo que ahora mi patio adquiriera apariencia de propiedad digna de zona residencial y no de lote yermo extraterrestre.
Obviamente, los tibios días me obligaron a sacar con cierta regularidad a las tres mugrosas para que cumplieran con sus necesidades físicas. Al soltarlas de la casa, salían disparadas como corcho de champaña en fiesta de año nuevo. Allá estaban deambulando por el patio, salturreteando por doquier, batiendo sus colas felices y dichosas de haber obtenido cada una su libertad condicional tras varias horas de lo que seguramente consideraban como cadena, pero no tan perpetua. Periódicamente, sus siluetas contrastantes se perdían momentáneamente entre el verde oscuro de bajos matorrales que demarcan el lindero de la propiedad, para reaparecer poco después y continuar su travesía nasal por lo que ahora era el verde prado del jardín.
Como es de saberse, las libérrimas cuadrúpedas se detenían cada cuando en varios lugares sobre el césped a su debido tiempo, casi como si su sentido de olfato estuviera conectado a un sistema de posicionamiento global y con semblante de leve sonrisa muy forzada, cada una se acurrucaba de tal manera que parecía indecisa en su acción pujante, cuyo significado era muy obvio para mis ojos y muy necesario para sus respectivos organismos.
Era interesante observarlas. ¿Por qué se para de esa manera tan rara un perro? pensaba yo. ¿Será que la gravedad de la Tierra lo atrae por el pompis?. Pero si ese era el caso, entonces ¿por qué su cola y la curvatura de su columna vertebral apuntan hacia arriba y no hacia abajo y sus piernas delanteras no se doblan como las traseras?. Eran preguntas interesantes para el que ahora curioso miraba los giros y movimientos inquietos de sus mejores nuevas amigas.
Poco después, me era necesario regresar a mi trabajo. Mi profesión en casa exige que pase una buena parte de mi tiempo sentado ante la pantalla del computador, ya sea leyendo, escribiendo, o bien hablando por teléfono. Es casi como arresto domiciliario pero remunerado decentemente. Después de cierto tiempo, me toca ponerme de pie y moverme un poco. ¿Qué mejor que salir al patio a observar la actividad de las tres canchosas?. Salí pues y efectivamente, tendidas con apariencia de trapos viejos tirados por doquier, se encontraban en plena siesta las descendientes directas del mismísimo Cerbero. Curioso, me acerqué con sigilo para no perturbar su sueño y detallarlas de cerca mientras dormían: ¡qué lindas eran cuando yacían quietas y silenciosas!
Obviamente esa curiosidad cobraba su precio para mí, el amo, teniendo que pisar muy cuidadosamente en mi propio terreno, fijándome en cada paso que tomaba so pena de correr el riesgo de aplastar algo extremadamente indeseable, resbaladizo y endemoniadamente apestoso, casi como un soldado caminando cautelosamente sobre campo minado. Hasta la fecha lo había logrado con absoluto éxito y por ello me reí, jactándome de haber burlado una y otra vez la desagradable sorpresa y en haber tenido zapatos cuyas suelas rechazaban tal asquerosidad.
Sin embargo en una de esas ocasiones, tras haber regresado a mi escritura y mientras muy concentrado en ella, noté un olorcillo a algo muy familiar, una pestilencia pasajera que tentaba mi curiosidad olfatoria, el inevitable hedor del símbolo y expresión universal que califican lo más inapetecible ya sea en productos, comida o acciones.
Continué escribiendo pero con algo de preocupación. Sabía que no era buen escritor pero tampoco era para tanto. Mi trabajo ni siquiera estaba terminado y ¿yá apestaba? No era posible ni justo. Miré por doquier, escudriñando a mi derredor, intentando encontrar la fuente de tal dulzura. ¡Nada! Miré al piso para ver si habia huella o rastro de algo inesperado a lo esperado, pero ¡nada por ninguna parte!. Seguí escribiendo y nuevamente mis fosas nasales se sintieron acosadas por aquella fétida e insufrible hediondez.
No aguanté más. Indignado, me puse de pie e inclinándome levemente hacia adelante, comencé a oler el aire a mi entorno, como un sabueso bípedo y con la fuerza de una aspiradora sobre tapete de teatro. Apunté mi nariz hacia la mesa y después hacia las repisas; luego al escritorio sobre el que trabajaba ¡y hasta al mismo asiento del cual me había parado unos minutos atrás! De repente, detecté de nuevo la maloliente onda: ¡Eureka!, exclamé triunfante creyendo haber descubierto el lugar preciso pero sin ver nada. De pura casualidad, se me ocurrió inclinarme hacia mis propios pies, cuando súbitamente sentí con máxima fuerza que mis narices apuntaban a ellos como perro de muestra hacia la ave caída en cacería. Inmediatamente levanté mi pie derecho, pero nada había en la suela del zapato. Hice lo mismo con el izquierdo, y allí mismo, incrustado entre los diseños de la suela, se encontraba perfectamente delineado y aplanado el despreciable pero muy reconocible despojo del acaramelado desecho. Tal hallazgo definitivamente me dijo que era hora de salir al patio y buscar un dichoso "palito" para practicar principios de arqueología urbana.
Sobra decir, que mi jactancia previa se desvaneció en lo que quedaba del aire fresco a mi alrededor. Por otra parte, si quieres venir a mi casa y ver las perritas, eres bienvenido, pero recuerda: ¡cuidado donde pisas!
André Csihas
17 de marzo 2010
San Antonio, Texas
También el último mes del año pasado —y a causa de fuerzas mayores—, trajo la llegada de tres hermanitas caninas. El sentimiento inicial fue interesante, ya que habían pasado varias décadas desde que fui amo de perro alguno.
¡Las tres sopranos! pensé yo, cuando primero las ví y oí sus agudos chilleteos. A lo mejor estaban practicando para el Perropolitan de Nueva York para las audiciones de su próxima obra teatral, concepto que se me hacía difícil de visualizar dada la deplorable apariencia de aquella trinidad canina, consistiendo en una mezcla de chihuahueño con quién sabe qué. La primera de las tres parecía como el esquelético residuo de huesos de pollo envueltos en una toalla blanca de papel mojada. Las vértebras se sentían como una hilera de cuentas, a manera de camándula de limosnero, con sus costillas blandísimas y flexibles como fideo hervido. Adicionalmente, tenía una apariencia tan despelucada que más bien se asemejaba a un retazo de tapete blanco pisoteado o a gata callejera tras una noche de borrachera seria. La segunda, con jeta de Schnauzer, tenía las facciones bigotudas típicas de una espía alemana cuadrúpeda inyectada con cuantiosas cantidades de esteroides, un vestigio de la guerra fría pero con un pelaje abundante y muy cálido de apariencia. Yo sigo bajo el presentimiento de que ella hasta hoy en día aprovecha el momento de los aullidos de las otras para poder comunicarse clandestinamente con "la oficina central" de su país de orígen, mediante una red de ladridos digitales en clave que atraviesan fronteras y calles con mayor velocidad que la de un cartero perseguido por un Doberman. Por último, la tercera es de dudosa proveniencia, algo tímida y definitivamente sin papeles ni documentación alguna que la pueda identificar positivamente, con su rabo entre las piernas parte del tiempo, escudriñando constantemente sus alrededores, atenta a cualquier ruido. Así con las orejas paradas y los ojos saltones, se parece a Anubis, el dios egipcio del bajo mundo.
A medida que ellas crecían y se acercaba la primavera, comenzaba la metamórfosis de la otrora superficie lunar, con brotes nuevos de hierba tierna, permitiendo que ahora mi patio adquiriera apariencia de propiedad digna de zona residencial y no de lote yermo extraterrestre.
Obviamente, los tibios días me obligaron a sacar con cierta regularidad a las tres mugrosas para que cumplieran con sus necesidades físicas. Al soltarlas de la casa, salían disparadas como corcho de champaña en fiesta de año nuevo. Allá estaban deambulando por el patio, salturreteando por doquier, batiendo sus colas felices y dichosas de haber obtenido cada una su libertad condicional tras varias horas de lo que seguramente consideraban como cadena, pero no tan perpetua. Periódicamente, sus siluetas contrastantes se perdían momentáneamente entre el verde oscuro de bajos matorrales que demarcan el lindero de la propiedad, para reaparecer poco después y continuar su travesía nasal por lo que ahora era el verde prado del jardín.
Como es de saberse, las libérrimas cuadrúpedas se detenían cada cuando en varios lugares sobre el césped a su debido tiempo, casi como si su sentido de olfato estuviera conectado a un sistema de posicionamiento global y con semblante de leve sonrisa muy forzada, cada una se acurrucaba de tal manera que parecía indecisa en su acción pujante, cuyo significado era muy obvio para mis ojos y muy necesario para sus respectivos organismos.
Era interesante observarlas. ¿Por qué se para de esa manera tan rara un perro? pensaba yo. ¿Será que la gravedad de la Tierra lo atrae por el pompis?. Pero si ese era el caso, entonces ¿por qué su cola y la curvatura de su columna vertebral apuntan hacia arriba y no hacia abajo y sus piernas delanteras no se doblan como las traseras?. Eran preguntas interesantes para el que ahora curioso miraba los giros y movimientos inquietos de sus mejores nuevas amigas.
Poco después, me era necesario regresar a mi trabajo. Mi profesión en casa exige que pase una buena parte de mi tiempo sentado ante la pantalla del computador, ya sea leyendo, escribiendo, o bien hablando por teléfono. Es casi como arresto domiciliario pero remunerado decentemente. Después de cierto tiempo, me toca ponerme de pie y moverme un poco. ¿Qué mejor que salir al patio a observar la actividad de las tres canchosas?. Salí pues y efectivamente, tendidas con apariencia de trapos viejos tirados por doquier, se encontraban en plena siesta las descendientes directas del mismísimo Cerbero. Curioso, me acerqué con sigilo para no perturbar su sueño y detallarlas de cerca mientras dormían: ¡qué lindas eran cuando yacían quietas y silenciosas!
Obviamente esa curiosidad cobraba su precio para mí, el amo, teniendo que pisar muy cuidadosamente en mi propio terreno, fijándome en cada paso que tomaba so pena de correr el riesgo de aplastar algo extremadamente indeseable, resbaladizo y endemoniadamente apestoso, casi como un soldado caminando cautelosamente sobre campo minado. Hasta la fecha lo había logrado con absoluto éxito y por ello me reí, jactándome de haber burlado una y otra vez la desagradable sorpresa y en haber tenido zapatos cuyas suelas rechazaban tal asquerosidad.
Sin embargo en una de esas ocasiones, tras haber regresado a mi escritura y mientras muy concentrado en ella, noté un olorcillo a algo muy familiar, una pestilencia pasajera que tentaba mi curiosidad olfatoria, el inevitable hedor del símbolo y expresión universal que califican lo más inapetecible ya sea en productos, comida o acciones.
Continué escribiendo pero con algo de preocupación. Sabía que no era buen escritor pero tampoco era para tanto. Mi trabajo ni siquiera estaba terminado y ¿yá apestaba? No era posible ni justo. Miré por doquier, escudriñando a mi derredor, intentando encontrar la fuente de tal dulzura. ¡Nada! Miré al piso para ver si habia huella o rastro de algo inesperado a lo esperado, pero ¡nada por ninguna parte!. Seguí escribiendo y nuevamente mis fosas nasales se sintieron acosadas por aquella fétida e insufrible hediondez.
No aguanté más. Indignado, me puse de pie e inclinándome levemente hacia adelante, comencé a oler el aire a mi entorno, como un sabueso bípedo y con la fuerza de una aspiradora sobre tapete de teatro. Apunté mi nariz hacia la mesa y después hacia las repisas; luego al escritorio sobre el que trabajaba ¡y hasta al mismo asiento del cual me había parado unos minutos atrás! De repente, detecté de nuevo la maloliente onda: ¡Eureka!, exclamé triunfante creyendo haber descubierto el lugar preciso pero sin ver nada. De pura casualidad, se me ocurrió inclinarme hacia mis propios pies, cuando súbitamente sentí con máxima fuerza que mis narices apuntaban a ellos como perro de muestra hacia la ave caída en cacería. Inmediatamente levanté mi pie derecho, pero nada había en la suela del zapato. Hice lo mismo con el izquierdo, y allí mismo, incrustado entre los diseños de la suela, se encontraba perfectamente delineado y aplanado el despreciable pero muy reconocible despojo del acaramelado desecho. Tal hallazgo definitivamente me dijo que era hora de salir al patio y buscar un dichoso "palito" para practicar principios de arqueología urbana.
Sobra decir, que mi jactancia previa se desvaneció en lo que quedaba del aire fresco a mi alrededor. Por otra parte, si quieres venir a mi casa y ver las perritas, eres bienvenido, pero recuerda: ¡cuidado donde pisas!
André Csihas
17 de marzo 2010
San Antonio, Texas
Monday, March 8, 2010
Otro enlace para la revista "El Malpensante"
Siguiendo el ejemplo de mi amiga Bertica, con mucho gusto les comparto el siguiente enlace de lo que considero una revista de contenido literario superior, con la esperanza de que se beneficien de su lectura. La revista proviene de Bogotá, Colombia y su enlace es:
http://www.elmalpensante.com/
Espero que sea de su agrado.
André
http://www.elmalpensante.com/
Espero que sea de su agrado.
André
Enlace a la Revista GatoPardo

Hola Compañeros,
GatoPardo es una revista en español de alta calidad. El sitio de la revista es:
http://www.gatopardo.com/
GatoPardo en la Blogósfera es el blog asociado con dicha revista. Me tomé la libertad de añadir un enlace a este sitio para que lo visiten directamente desde este planeta virtual..
¡Que los disfruten!
Saludos,
Bertha
Tuesday, March 2, 2010
Junta 3/1/2010 - La Cantera

Gracias a Ezra por coordinar la reunión del grupo de español en Barnes and Noble La Cantera. ¡Disfrutamos la velada!
Estuvimos presentes: Ezra, Gaby, Luis, Alejandro, Gloria, Bertha y dos invitadas, Ale e Yvonne que llegaron a visitarnos por primera vez. ¡Bienvenidas!
La foto del vaquero con su caballo nos permitió echar a volar nuestra imaginación y surgieron varias historias muy interesantes. Gaby nos impresionó con sus conocimientos hípicos, mientras que Gloria y Bertha nos hicieron reír con las aventuras de sus personajes ficticios. Ezra, por supuesto, nos deleitó con un poema del vaquero y el caballo que bien podría ser corrido. Luis compartió un cuento de misterio que nos dejó a todos pensando en las posibilidades. Yvonne se aventó al ruedo y leyó un poema escrito para inspirar a sus alumnos.
Después de que las invitadas se presentaron, hicimos y compartimos un ejercicio de redacción.
Ale sugirió que en el futuro llevemos copias para todos los asistentes y así poder hacer correcciones y comentarios sobre el texto.
Luis gentilmente se ofreció a coordinar las actividades de la reunión de Abril.
Les recuerdo que el próximo lunes, segundo lunes de Marzo, NO habrá reunión en Barnes and Noble de San Pedro por inventario.
Saludos a todos,
Bertha
Wednesday, February 24, 2010
Haiti de Pie - Por Gloria Alvarado
HAITI de pie
por Gloria Alvarado
Hoy vi el dolor florecer en el horizonte,
tenía llanto dolor y lágrimas,
escuche el sonido del viento gritando,
buscando refugio entre las ruinas del desastre.
Busqué una sonrisa de esperanza y encontré una mueca de dolor,
dibujada, en el grito de la vida.
Me estremeció la realidad del vivir.
Quise dar consuelo, a la desesperanza, y vi un vacío en mi interior y busqué el dolor mas no encontré nada.
Soledad y tristeza me embargaron, y me cubrí el rostro sombrío,
y lloré como nunca lo había hecho, mas cuando todo el cielo se estaba oscureciendo, se escucho un voz, una voz que salía de cada rincón,
y levantaron las manos mis hermanos,
y bendijeron el cielo
y unieron sus dedos con la esperanza
y el cielo lloró de alegría.
Así escuché un canto hermoso que cubría la tierra de paz y vi llorar el amor, y derramarse la miel de la promesa; y todos unidos sin color ni credo, cantaban una canción: “Amémonos los unos a los otros”.
En medio del dolor empecé a sentir el calor de la vida; tuve fuerzas y elevé mis manos al cielo y miré a los ojos del dolor.
Vi la enseñaza del amor, de la unión, de la vida, y los hermanos de la vida, estaban allí.
Juntos en un solo deseo de dar esperanza, en una búsqueda eterna,
desafiándolo todo, en una entrega de amor absoluto.
por Gloria Alvarado
Hoy vi el dolor florecer en el horizonte,
tenía llanto dolor y lágrimas,
escuche el sonido del viento gritando,
buscando refugio entre las ruinas del desastre.
Busqué una sonrisa de esperanza y encontré una mueca de dolor,
dibujada, en el grito de la vida.
Me estremeció la realidad del vivir.
Quise dar consuelo, a la desesperanza, y vi un vacío en mi interior y busqué el dolor mas no encontré nada.
Soledad y tristeza me embargaron, y me cubrí el rostro sombrío,
y lloré como nunca lo había hecho, mas cuando todo el cielo se estaba oscureciendo, se escucho un voz, una voz que salía de cada rincón,
y levantaron las manos mis hermanos,
y bendijeron el cielo
y unieron sus dedos con la esperanza
y el cielo lloró de alegría.
Así escuché un canto hermoso que cubría la tierra de paz y vi llorar el amor, y derramarse la miel de la promesa; y todos unidos sin color ni credo, cantaban una canción: “Amémonos los unos a los otros”.
En medio del dolor empecé a sentir el calor de la vida; tuve fuerzas y elevé mis manos al cielo y miré a los ojos del dolor.
Vi la enseñaza del amor, de la unión, de la vida, y los hermanos de la vida, estaban allí.
Juntos en un solo deseo de dar esperanza, en una búsqueda eterna,
desafiándolo todo, en una entrega de amor absoluto.
Sunday, February 21, 2010
El Misterio del Calzoncillo Perdido.
El Misterio del Calzoncillo Perdido.
Poco después de haber llegado a mis aposentos, tras largo día de ajetreo, decidí desvestirme y darme un buen baño. Mientras difícilmente me despojaba de mis prendas, retorciéndome como contorsionista de circo intentando deshacerme de mis pantalones y de pelar de mis espaldas la sudorosa camisa, me encaminé directamente al baño para terminar de modelar lo que finalmente sería el traje de Adán; claro está, que sin la mentada hojita de parra y con eso, a plenitud de mi ya famosa "triste figura".
Rápidamente me quité la ropa interior y la tiré, como de costumbre, en la cesta de la ropa sucia y sin pensarlo más, seguí con mi rito diario de la ducha, repitiendo la misma rutina una y otra vez durante el curso de la semana restante, en algunos casos hasta dos veces por día: ¡casi que rechinaba de lo limpio que quedaba!
Al principio de la semana siguiente, decidí lavar la ropa sucia que se había acumulado durante los días previos. Seleccioné cuidadosamente lo que para entonces eran las semi aromáticas prendas: los calcetines acá en éste montón, las camisetas y calzoncillos aquí en este otro, las camisas blancas de cuello duro en otro separado y claro está, las prendas de color aisladas del resto en un montículo aparte. Me daba orgullo de la simetría con la que colocaba los añejos montones y del contraste que producían sobre el piso de azulejos rosados instalados en típico diseño entrecruzado de los años cincuenta.
Prendí pues la lavadora después de haberla cargado con el respectivo perfumado fardo y dando la media vuelta, me dediqué a mis oficios cotidianos. En menos de una hora, sonó en el aparato lo que el fabricante llama "timbre", pero lo que yo llamo "alarma de buque durante un incendio" y cuyo enervante sonido me hace saltar hasta el cielorraso como uno de esos gatos asustados de las tiras cómicas.
Saqué pués la ropa húmeda de la lavadora y tras de haber sacudido cada prenda por separado para que se secara mejor y más rápido, tiré una por una dentro de la secadora. Me aseguré de que en la lavadora no quedara absolutamente nada. Prendí la secadora y nuevamente regresé a mis quehaceres. Una vez secas, retiré las prendas y colocándolas dentro de un canasto, las llevé para tirarlas sobre la cama para surtirlas y doblarlas.
Cuál no sería mi sorpresa al comenzar a deshacer aquel tibio nudo caótico de futuros trapos, cuando me dí cuenta de que pese a la cuidadosa contabilidad de mis paños menores.... ¡uno de ellos faltaba!
¡Horror de los horrores! ¿Acaso no había sido YO personalmente el que había colocado la ropa en la lavadora? ¿Qué truco cruel me estaba jugando la vida que ahora me negaba la entrega de uno de mis propios calzoncillos? ¿Será que me lo está escondiendo como si fuera un rehén a cambio de una cuantiosa recompensa?
Sin pensarlo más y entrando en materia, directamente comencé a escarbar como perro buscando su hueso enterrado. ¡No podía ser! Y ahora, para colmo de males, descubrí que tampoco encontraba el par de uno de mis calcetines azules oscuros. ¡Insoportable: DOS prendas desaparecidas, en MI casa, de MI lavadora y todo eso después de que YO PERSONALMENTE me encargué de lavarlas! ¡Casus belli! grité a todo pulmón, mientras invocaba palabras húngaras adultas que le rendían pleitesía a las deidades de la escatología entremezcladas con las de la divinidad.
Tras de recuperar un poco la calma después de haberme desquiciado por tan flaca causa, decidí continuar doblando la ropa para guardarla y entonces fué cuando me percaté de que el dichoso calcetín "desaparecido" había sido capturado por la pierna de uno de mis pantalones oscuros y estaba a punto de ser devorado por la entrepierna del mismo. Afortunamente como caballero que rescata la dama en el momento crítico de la película, lo pude salvar de su negra suerte. ¡Qué sentimiento tan gratificante el que se siente al haber logrado esa aparentemente insignificante pero importante faena! Felizmente admito que los actos caballerosos siguen vivitos y coleando, tal como yo lo acababa de demostrar en mi tarea de hidalgo de la ropa limpia.
Orgulloso de mis acciones, decidí regresar a la secadora para revisar una vez más y asegurarme de que no hubiese quedado nada adentro y cuando me acerqué, ahí mismo, ante mis ojos, entre el brillante tambor de acero inoxidable y una de sus aletas, ¡se encontraba arrugado y atrapado el reverendo calzoncillo! La euforia que se apoderó de mí es inexplicable; casi me sentí como el Sherlock Holmes de la ropa interior, el detective máximo de los paños menores, el Charlie Chan de los "chones": ¡había resuelto el misterio del calzoncillo desaparecido!
Y pensar que me había preocupado tanto por tal nimiedad... ¡qué vergüenza, mano!
André Csihas
San Antonio, Texas
21 febrero 2010
Poco después de haber llegado a mis aposentos, tras largo día de ajetreo, decidí desvestirme y darme un buen baño. Mientras difícilmente me despojaba de mis prendas, retorciéndome como contorsionista de circo intentando deshacerme de mis pantalones y de pelar de mis espaldas la sudorosa camisa, me encaminé directamente al baño para terminar de modelar lo que finalmente sería el traje de Adán; claro está, que sin la mentada hojita de parra y con eso, a plenitud de mi ya famosa "triste figura".
Rápidamente me quité la ropa interior y la tiré, como de costumbre, en la cesta de la ropa sucia y sin pensarlo más, seguí con mi rito diario de la ducha, repitiendo la misma rutina una y otra vez durante el curso de la semana restante, en algunos casos hasta dos veces por día: ¡casi que rechinaba de lo limpio que quedaba!
Al principio de la semana siguiente, decidí lavar la ropa sucia que se había acumulado durante los días previos. Seleccioné cuidadosamente lo que para entonces eran las semi aromáticas prendas: los calcetines acá en éste montón, las camisetas y calzoncillos aquí en este otro, las camisas blancas de cuello duro en otro separado y claro está, las prendas de color aisladas del resto en un montículo aparte. Me daba orgullo de la simetría con la que colocaba los añejos montones y del contraste que producían sobre el piso de azulejos rosados instalados en típico diseño entrecruzado de los años cincuenta.
Prendí pues la lavadora después de haberla cargado con el respectivo perfumado fardo y dando la media vuelta, me dediqué a mis oficios cotidianos. En menos de una hora, sonó en el aparato lo que el fabricante llama "timbre", pero lo que yo llamo "alarma de buque durante un incendio" y cuyo enervante sonido me hace saltar hasta el cielorraso como uno de esos gatos asustados de las tiras cómicas.
Saqué pués la ropa húmeda de la lavadora y tras de haber sacudido cada prenda por separado para que se secara mejor y más rápido, tiré una por una dentro de la secadora. Me aseguré de que en la lavadora no quedara absolutamente nada. Prendí la secadora y nuevamente regresé a mis quehaceres. Una vez secas, retiré las prendas y colocándolas dentro de un canasto, las llevé para tirarlas sobre la cama para surtirlas y doblarlas.
Cuál no sería mi sorpresa al comenzar a deshacer aquel tibio nudo caótico de futuros trapos, cuando me dí cuenta de que pese a la cuidadosa contabilidad de mis paños menores.... ¡uno de ellos faltaba!
¡Horror de los horrores! ¿Acaso no había sido YO personalmente el que había colocado la ropa en la lavadora? ¿Qué truco cruel me estaba jugando la vida que ahora me negaba la entrega de uno de mis propios calzoncillos? ¿Será que me lo está escondiendo como si fuera un rehén a cambio de una cuantiosa recompensa?
Sin pensarlo más y entrando en materia, directamente comencé a escarbar como perro buscando su hueso enterrado. ¡No podía ser! Y ahora, para colmo de males, descubrí que tampoco encontraba el par de uno de mis calcetines azules oscuros. ¡Insoportable: DOS prendas desaparecidas, en MI casa, de MI lavadora y todo eso después de que YO PERSONALMENTE me encargué de lavarlas! ¡Casus belli! grité a todo pulmón, mientras invocaba palabras húngaras adultas que le rendían pleitesía a las deidades de la escatología entremezcladas con las de la divinidad.
Tras de recuperar un poco la calma después de haberme desquiciado por tan flaca causa, decidí continuar doblando la ropa para guardarla y entonces fué cuando me percaté de que el dichoso calcetín "desaparecido" había sido capturado por la pierna de uno de mis pantalones oscuros y estaba a punto de ser devorado por la entrepierna del mismo. Afortunamente como caballero que rescata la dama en el momento crítico de la película, lo pude salvar de su negra suerte. ¡Qué sentimiento tan gratificante el que se siente al haber logrado esa aparentemente insignificante pero importante faena! Felizmente admito que los actos caballerosos siguen vivitos y coleando, tal como yo lo acababa de demostrar en mi tarea de hidalgo de la ropa limpia.
Orgulloso de mis acciones, decidí regresar a la secadora para revisar una vez más y asegurarme de que no hubiese quedado nada adentro y cuando me acerqué, ahí mismo, ante mis ojos, entre el brillante tambor de acero inoxidable y una de sus aletas, ¡se encontraba arrugado y atrapado el reverendo calzoncillo! La euforia que se apoderó de mí es inexplicable; casi me sentí como el Sherlock Holmes de la ropa interior, el detective máximo de los paños menores, el Charlie Chan de los "chones": ¡había resuelto el misterio del calzoncillo desaparecido!
Y pensar que me había preocupado tanto por tal nimiedad... ¡qué vergüenza, mano!
André Csihas
San Antonio, Texas
21 febrero 2010
Subscribe to:
Posts (Atom)